En el edificio más viejo de la calle F, es donde se forma esta historia. Un mes atrás dos vecinos de este frío edificio que sólo tiene dos vistas, la de la avenida principal, la calle F y el callejón abandonado, en el que ni un vagabundo se para; son los protagonistas de esta historia de amor..
En el tercer piso, al cual sólo se puede llegar subiendo unas angostas escaleras de madera, vive Leonardo, un joven introvertido, con grandes y oscuros ojos cubiertos por un abanico de pestañas, cejas que le enmarcan el rostro de una manera singular, contrastando el tono de su piel que no era afecta al bronceado, y cabello afeitado. Durante el día no se le ve por ningún lado, sólo en la noche, muy noche; abre la pesada puerta del recibidor, sube cansadamente las escaleras que lo llevan a desaparecer al cruzar la puerta de su departamento, con un único objetivo, descansar de un ajetreado y largo horario laboral.
En el cuarto piso, la vecina metiche que todos los edificios tienen, Doña Chabela, se encarga de informar a los vecinos del edificio de los nuevos acontecimientos que pasan por sus ojos, y uno que otro que imagina. Hay días en que no cierra su puerta sólo para ver si alguien llega o se va, se asoma a los otros pisos a escuchar voces, y en dado caso que no escuche la conversación vecinal completa, saca una silla al corredor y para bien la oreja para enterarse de hasta el mínimo detalle.
Quinto piso, inhabitado por un largo tiempo, ahora ocupado por una joven mujer con mirada soñadora, cabellera castaña que cae en sus hombros al ondularse, y las uñas a la par del color de sus zapatos. Con un rostro sereno, se muestra tímida y poco conversadora, para desgracia de Doña Chabela quien ya le ha inventado uno que otro chismecillo con tal de tener un tema nuevo que contarle a los vecinos. Se ha acercado un par de veces a pedirle la famosa tacita de azúcar, de café , de sal o lo que sea que se le ocurra, pero ella nunca responde, sigue su camino como si no escuchara, sube y baja escaleras sin ninguna preocupación, eso sí, no se ha escuchado en el edificio su voz desde que se mudó, pero nadie presta tanta importancia a esto, sólo Doña Chabela, quien inquieta le cuenta a Leonardo la verdad; no sabe nada de aquella nueva vecina, sólo su nombre, Ana. Él nunca presta atención a las nuevas noticias que le cuenta diariamente Doña Chabela, quien sin importar las altas hora de la noche en las que Leonardo regresa del trabajo, lo espera, porque lo ha tomado como amigo desde el día en que él se mudó a este edificio. Esta noche, mientras Doña Chabela hacía su ya acostumbrado monólogo de chismes, Leonardo escucha algo digno de atender, por fin le es revelado el nombre de la misteriosa mujer del quinto piso, con la que se había cruzado en la escalera el fin de semana anterior al salir del edificio, la vecina misteriosa, Ana, entraba con un enorme paraguas amarillo que no podía cerrar.
Leonardo cada día se interesa más y más en saber de Ana, pero ella no le ha dirigido palabra alguna. Leonardo había olvidado ya ese sentimiento de enamoramiento que ahora le invade, puede sentir después de varios años de guardar su corazón, esta sensación en el estómago difícil de definir, ese nerviosismo incontrolable que te hace sonreír más que nunca, enrojece tu rostro y/o te sudan las manos. A Leonardo le pasa todo eso junto, no sabe si caminar hacía ella, siente sus piernas más temblorosas que nunca, las manos las puede exprimir y sacar más de un litro de sudor, su pálido rostro es evidencia de la emoción que sintió el día que al encontrarse en las escaleras cruzaron miradas, la energía que resultó de aquel encuentro de sonrisas retumba en su interior, no puede ocultar la agitación que su presencia produce en su guardado corazón, sin percatarse, que en lo alto de la escalera se encuentra Doña Chabela siempre vigilante.
El día llega, Leonardo ve que Ana lo mira con un gesto amable, él nervioso, y sobretodo emocionado, responde con un “Buen día” algo apresurado que tal vez ni siquiera se entendió, pensó.
Al siguiente día está atento a las escaleras, ya que si ella regresa o sale de casa, debe pasar por ahí, observa por la mirilla de la puerta tratando de prepararse para reaccionar esta vez de una forma natural y oportuna; pero no pasó en todo el día, Leonardo un poco decepcionado por no poder corregir el ridículo del día anterior, se dirige sin más ánimos, tratando de encontrar en la ventana alguna respuesta al silencio que ha tenido como compañero Ana.
Leonardo desde la ventana de su departamento, ve a Ana por fin bajar de un taxi con miles de bolsas en las manos, es su oportunidad, piensa ; se dirige directo a la puerta de su departamento, agarra antes de salir el periódico que había comprado por la mañana, baja rápidamente las escaleras haciendo un escaneo a la puerta, para poder ver la distancia a la que se encuentra de Ana, y otra a su periódico, que únicamente lo lleva de accesorio para el encuentro que ha planeado durante todo el día; baja tan rápido de las escaleras que choca con Ana, vuelan en el aire todas las bolsas que traía y su bolsa que combina con sus uñas deja en el piso los tesoros que en ella guarda.
Ahora entiendo, piensa Leonardo al encontrar en el piso la credencial de Ana, con la frase “actriz sorda”.

